Con Bruce en Sevilla



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El rock es sudor, dicta una ley no escrita pero fundamental. Sudor, energía que se desborda, éxtasis, comunión. El rock sacude, o no es. Todas las crónicas previas al concierto que vivió ayer el Estadio de la Cartuja, las que daban cuenta de la gira de Wrecking Ball en Estados Unidos antes de dar el salto a Europa, con esta primera parada en Sevilla, avisaban del pletórico estado de forma (y de ánimo) de Bruce Springsteen y su infatigable E Street Band. Algunos incluso proclamaron que se trataba del mejor arranque de gira en muchos años por parte de un músico que lleva, como quien dice, toda la vida encima de un escenario. Eran por tanto altísimas las expectativas del público que se congregó ayer en el recinto de la Cartuja. Vaya por delante: no defraudó, pero eso es quedarse corto.
En las horas previas al concierto, los seguidores del rockero de Nueva Jersey merodeaban por los alrededores, algunos nerviosos (la confusión habitual acerca de las puertas de acceso), muchos exhibiendo galones, conciertos atesorados con orgullo en la memoria, todos combatiendo con agua, cerveza y refrescos el calor que seguía cayendo a plomo sobre la ciudad. Cerca de las taquillas nos encontramos a Sylvie, francesa de cincuentaitantos de Montpellier, comprando entradas a última hora para ella y sus dos nietos aún pequeños, los tres dispuestos a rendir homenaje al abuelo, “que ya no está, pero habría estado”. No muy lejos, alrededor de un riguroso pero tranquilo botellón, Rubén, de Alcobendas como los amigos junto a los que ha venido, calientan por la banda, hablan de sus favoritas de Springsteen, al que dentro de un rato van a ver en directo por primera vez. Rondan la veintena y defienden sus canciones como si fueran hijos rubios de anuncio. Bagajes sentimentales compartidos, complicidades indescifrables que hacen que el rock sea, siga siendo uno de los mejores espectáculos del mundo y a la vez mucho más que eso.
Media hora antes del comienzo una ligera brisa empezó a correr y dio cierta tregua. Para entonces el público aguardaba ya en la pista del estadio, con claros importantes, como en las gradas, porque no se vendieron todas las localidades (a 65 euros, la más barata…). Un hormigueo de cabezas y abanicos que se electrizaron y rompieron en vítores ensordecedores cuando aparecieron, pasados 20 minutos de las nueve de la noche y entre vientos y tambores épicos de Morricone, Springsteen y sus fieles y brillantes servidores: Steve van Zandt, Max Weinberg, Garry Talent, Roy Bittan y Nils Lofgren, el núcleo de una E Street Band que ayer no contó con Patti Scialfa y que sobrepasó la quincena de músicos gracias a la formidable sección de metales que completa la formación en esta gira.
El concierto comenzó a todo trapo, con una versión furiosa deBadlands, y siguió sin un segundo de respiro con el primero de los nuevos temas que sonó, un We take care of our own que marcó el tono: rock con alma de folk coral, música para espolear, para bailar y alzar el puño. Continuó con una Wrecking Ball bastante más atractiva que en estudio, un tema que arrancó con su guitarra pero casi a capella el cantante, cuyas cuerdas vocales se encuentran efectivamente en un estado óptimo, y que alcanzó cotas emocionantes cuando se le unió el resto de la banda, con unos coros potentes y enrabietados, y con un solo de saxofón de viento realmente estremecedor de Jack Clemons, quien a tenor de lo visto se ha hecho un sitio en la banda con todas las de la ley.
Death to my hometown, que llegó poco después, apunta ya a himno infalible en su repertorio. Sus aires irlandeses, de canto airado de taberna, de marcha comunal, adquiere realmente otra dimensión en directo gracias al pulso que le imprime el batería Max Weinberg, soberbio, impactante durante toda la actuación. En la siguiente bajó el pistón, pero no la intensidad, con una preciosa My city of ruins, un canto “a aquello que perdemos y a lo que queda para siempre”, como explicó el propio Springsteen en español tras saludar: “¡Qué bueno veros de nuevo, amigos!”. Soul blanco, de dignidad y pertenencia, que incluyó un emotivo recuerdo al desaparecido Clarence Clemons y a la ausente Scialfa: “Si nosotros estamos aquí y vosotros estáis aquí, ellos están aquí también”, proclamó el cantante de nuevo en español, y los espectadores enloquecieron.
Después de Trapped, pedida por un niño de 14 años, que serviría de perfecta demostración de las propiedades del stadium rock, y tras Out in the street, de nuevo una orgía de coros, electricidad, toda una banda a pleno rendimiento y perfecta, asombrosamente empastada y energías retroalimentadas desde el escenario al público y vuelta al escenario, el cantante volvió a hablar en español, esta vez para dedicar Jack of all trades a “los indignados del 15-M y a toda la gente que está luchando en las calles del sur de España”. El show, explosivo todo el rato (y no es un recurso retórico), siguió con Candy’s room, adornada con un solo de guitarra salvaje, un chorro de electricidad aplastante que demostró cómo se las gasta Steve van Zandt, ayer más pirata del caribe que conseglieri; con She’s the one,Darlington County y una Shakled and drawn de eufórico espíritu gospel/soul, que en directo crece, y crece, y crece, y crece…
Y cuando parece que no, que ya más alto no se puede, llega Waitin’ on a sunny day, con la niña subida al escenario para cantar el estribillo (truco fácil de veterano, sí, pero resultón), o el solo extático de armónica en Promise land, y ya sólo cabe pensar que este directo supera al visto en 2009 -unanimidad al respecto-, que el concierto es irreprochable en toda la extensión de la palabra, si se obvia solamente la omisión de tantas de sus perlas de los primeros 70. Aunque ahí quedó esa Because the night que escribió para Patti Smith, poniendo los vellos de punta, incendiando los corazones, con un solo de Nils Lofgren de fuerza casi inverosímil.
Land of hope and dreams, uno de los temas emblemáticos de sus últimos tiempos, en una versión espléndida, con unos vientos que la echan a volar, parecía el punto final. Pero no: tan sólo habían pasado, en un santiamén, dos horas y media. En los bises, Rocky ground, puro soul vocal derramándose, con su conato rap incluido; el trallazo de rock elemental, rítmico, radiante, expansivo, mayúsculo de I’m going down, uno de esos momentos de tiempo suspendido que uno desearía que durase años; Born to run y Dancing in the dark en medio de una apoteosis que no admite epítetos, de las que hacen sonreír con cara de bobo; Bobby Jean y por último una Tenth Avenue Freeze-outdescomunal: de nuevo la gloriosa sección de metales.
Hace mucho que los discos de Springsteen nos suenan tibios, extremadamente pactistas, poco o nada valientes musicalmente, como concebidos para un oyente medio que seguramente nunca existió ni existirá, pero su directo, ay, su directo es un derroche de humanidad y sí: de sudor y fe, que convence al más escéptico de los escépticos. Y durante tres horas la vida es mejor, más alegre, más plena. Respeto, mucho respeto entonces por este hombre que sigue creyendo de esta manera en lo que hace, sabiendo, seguramente, que el contrato más importante se firma con uno mismo. Tremendo. Inolvidable.
Foto: Antonio Pizarro
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Eva Díaz Pérez – El MundoYa se ha encargado de anunciarlo y las letras lo confirman. Bruce Springsteen quiere que su nuevo álbum ‘Wrecking Ball’ sea el himno para esta época de crisis. Este domingo en Sevilla sus fans coreaban las letras para una generación, aprendidas a base de pasión, fidelidad y entusiasmo, confirmando lo que pretende el cantante de Nueva Jersey: ilustrar con música la crónica de un tiempo, quizás adentrarse en el vientre de su propia época para escribirla, un cronotopos con el que quizás los del futuro puedan adivinar qué se coció en estos años.
Y qué mejor lugar para sugerir el himno de esta época que el territorio donde se cuece a fuego lento esta crisis: Europa. Sevilla, la Europa meridional que está sufriendo con más fuerza este ciclo de negrura, fue la primera plaza de este continente que vaga sonámbulo y sin certezas.
Comenzó con la canción ‘Badlands’ para continuar con ‘We take care of our own’, que es toda una declaración de principios, de grito de rabia contra lo que está ocurriendo. El ‘Boss’ más comprometido y entregado a la lucha. Por eso dedicó incluso una canción de su nuevo álbum, ‘Jack of all trade’, a los indignados del 15-M, consciente de estar cantando en las vísperas de un acontecimiento que le ha cautivado.
“También le dedicamos este tema a ustedes que están luchando duramente aquí en el sur de España. Demasiada gente ha perdido sus trabajos y sus casas. Aquí en Europa, los malos tiempos son incluso peores. Nuestro corazón está con vosotros”. A esas alturas el público estaba arrodillado ante el ‘Boss’ como si ya hablara desde un fabuloso altar laico.
Sevilla acogió sin reservas a Springsteen que además saludó en un castellano casi perfecto, recordó su anterior concierto en la ciudad en julio de 2009 e incluso explicó la historia y el alma de algunas canciones. “Sevilla, qué alegría vernos otra vez”, dijo ante los más de treinta mil espectadores que se reunieron para escucharlo.
El ‘Boss’ y la E Street Band hechizaron en este primer concierto de la gira con la que recorrerá el continente que espera, al menos, una canción para el consuelo. Como suena en su canción ‘Death to my hometown’ (Muerte a mi ciudad): “Prepárate para cuando lleguen (…) consigue una canción para cantar (…) envía a los tiranos sin escrúpulos directos al infierno”.
Los toques folk de esta canción y sus trepidantes ritmos cautivaron a un entregado público que llenó el Estadio Olímpico de Sevilla. El estadio abierto al cielo en una elipse parecía una olla a presión con una nube de bochorno suspendida que aspiraba vapores de emoción y música. Hacía, calor mucho calor, como ya previno el día anterior en la prueba de sonido entre bromas jocosas –”oleré como un perro”-, pero daba igual.
Una atmósfera mágica y caliente animaba a los fans que traen en su memoria la música de varias generaciones: los acordes legendarios de ‘The River’ o esa entraña de los clásicos que tiene ‘Born to Run’, con aquella fotografía mítica de Bruce apoyado en el hombro de su saxofonista Clarence Clemons y que ilustra un álbum que es el imaginario de toda una época. Aunque Clarence ya no esté para estremecer con su saxofón.
A la E Street Band le falta el alma, qué duda cabe: Clarence Clemons, el saxonista de los dioses, el ‘big man’ que forma parte de la leyenda Springsteen murió en junio del año pasado y su ausencia se nota. “¿Echáis de menos a alguien?”, dijo refiriéndose a su entrañable amigo al que dedicó un final de concierto apoteósico con el tema clásico ‘Tenth Avenue Freeze-out’ mientras aparecían sobre las pantallas gigantes fotografías del Boss y Clemons en conciertos recordados.
Tal vez su espectro siga vagando sobre los escenarios. En algunas ocasiones, pareció que seguía tocando con sus notas de escalofrío. Sin embargo, su sobrino Jack Clemons -’the little big man’- estuvo a la altura, a pesar de que sabe que todos los oídos están pendientes de su actuación, de la resolución de sus solos, de su presencia en los escenarios. Ahora comienza su leyenda…
Y cumplieron con su leyenda el bajo de Garry Tallent, la batería de Max Weinberg, el piano de Roy Bittan, el violín de Soozie Tyrell y las guitarras de Nils Lofgren y Stevie van Zandt. También el resto de músicos y el coro de voces entre el soul y el gospel que acompañaron a Springsteen en canciones del nuevo álbum como la maravillosa ‘Rocky Ground’.
La gente se entregó desde el principio, pero el concierto fue in crescendo. Sorprendieron y gustaron las canciones de su nuevo álbum ‘Wrecking Ball’, que da título a la gira. Son pegadizas, tienen el ritmo del más puro Bruce Springsteen y además guardan el secreto de buenas letras que están hechas para hornearse y deleitarse en estos tiempos donde un buen concierto puede resultar la más deliciosa manera de evadirse.
Eso sí, no se trata de un entretenimiento frívolo, ahí esta el ‘Boss’ para hacer que sus letras de denuncia sirvan como emblema de la lucha en marcha. Y qué mejor que estos días en los que Europa -esta pobre Europa- vuelve a salir a las calles para tomar las plazas y el protagonismo de su propia Historia. Hubo soul, folk con recuerdos de baladas irlandesas, ritmo trepidante de rock a cielo abierto, de paisajes convulsos de estadios llenos y enfebrecidos y ese heartland que evoca larguísimas carreteras de la América profunda.
Foto: Carlos Márquez – El Mundo
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Bruce Springsteen ha comenzado hoy en Sevilla la gira europea de su último disco, “The Wrecking Ball”, y lo hizo en plena forma en un concierto en el que ha atrapado a un público joven y veterano con su rock potente y reivindicativo, que incluyó un homenaje a los “indignados del 15-M”, dijo en español.
El músico norteamericano, acompañado de su legendaria “E Street Band”, exhibió durante tres horas una desenfrenada actividad para encadenar sin pausa los nuevos temas, con influencias irlandesas y toques de gospel y en los que critica la actuación de los banqueros de Wall Street, y también para recordar históricos éxitos de hace cuarenta años.
Esa longevidad en la escena de Springsteen, de 62 años, que no aparenta, explica la legión de seguidores con más de medio siglo de vida que se dieron cita en el Estadio Olímpico de Sevilla, a los que se unieron veinteañeros embaucados por el poderío roquero de uno de los mitos de la música contemporánea, que también maneja con soltura las baladas.
“The Boss” se mezcló con los asistentes y cumplió lo prometido porque sudó “como un perro” en la actuación después de no parar de bailar y de moverse por el amplio y tradicional escenario de 800 metros cuadrados, coronado con una bandera de Estados Unidos y otra de España y dos pantallas en los extremos, todo ello bajo una temperatura veraniega, de unos 35 grados centígrados.
Sin teloneros previos y vestido de riguroso negro, como el resto del grupo, Springsteen habló en algunos momentos en español en su segunda actuación en Sevilla, la primera fue en 2009, ante los casi 34.000 asistentes al concierto, que no se llenó y cuyas entradas más baratas eran de 65 euros.
Usó el español para subrayar los “malos tiempos” que han hecho perder “trabajo y casas”, asegurar que “nuestro corazón está con vosotros” y recordar al saxofonista “Big Man” Clarence Clemons, fallecido en junio pasado y que ahora sustituye su sobrino Jake Clemons, también enorme de estatura y que no desmerece a su tío.
De su nuevo disco destacó “Death of my hometown”, calificada por medios especializados como canción protesta y en la que dice, respecto a los banqueros de Wall Street: “Destruyeron nuestras familias, fábricas y se llevaron nuestras casas, dejaron nuestros cuerpos en la intemperie, los buitres recogieron nuestros huesos”.
Los quince músicos que acompañan a Springsteen en la banda -faltaba Patti Scialfa, su esposa, que se quedó en Estados Unidos por los estudios de un hijo y a la que citó- tienen rodado este pegadizo tema con aires irlandeses y que ya corea numeroso público a pesar de que el disco, el decimoséptimo de su carrera, se editó el 6 de marzo.
También gustaron “Shackled and Drawn” y la canción que da título al disco, “The Wrecking Ball”, que podría traducirse como “Bola de demolición”, tema que compuso para el Giants Stadiums de New Jersey, la ciudad natal de Springsteen, recinto deportivo en el que tocó antes de ser demolido en 2010.
“Los tiempos difíciles vienen, los tiempos difíciles van”, reitera en el estribillo de esta canción, que se ha interpretado como una esperanza a una próxima salida de la crisis por su carácter cíclico.
De las peticiones que le hizo el público con carteles, aceptó “Trapped” y “I’m going down”, y fueron muy coreados éxitos como “Waitin’on a sunny day”, cuyo estribillo cantó una chiquilla desde el escenario.
El público también agradeció “Dancing in the dark”, con otra pequeña bailando en escena, “Born to run” y “She is the one”, con los incombustibles Max Weinberg a la batería y Stevie Van Zandt, y su inseparable pañuelo a la cabeza, a la guitarra.
Conocedor como pocos de los secretos del directo ante públicos masivos, acabó con “Tenth Avenue Freeze-out”, que recuerda, entre otras cosas, la incorporación a la banda de Clarence Clemons, al que homenajea con un emotivo silencio a mitad de la canción mientras se exhiben imágenes suyas.
“¿Ves por qué es el jefe?”, resumía al final del concierto un asistente aún extasiado tras un espectáculo con 120.000 vatios de sonido y 600.000 vatios de iluminación.
Después de Sevilla, Springsteen irá a otras cuatro ciudades españolas: Las Palmas (14 de mayo), Barcelona (17 y 18 de mayo), San Sebastián (2 de junio) y Madrid (17 de junio), y el 31 de julio dará el último de sus 33 conciertos en Europa para regresar a Estados Unidos, donde ha actuado 22 veces y lo hará de nuevo otras trece.
22. Rocky Ground
23. I’m Goin’ Down
24. Born To Run
25. Dancing in the Dark
26. Bobby Jean
27. Tenth Avenue Freeze Out
Gran show de 3 horas de duración con 27 temas. Debut de “I’m Goin’ Down” en la gira. “Trapped” fue elegido por petición de un fan. En los bises, presencia de “Bobby Jean”, uno de los temas que suele Springsteenn interpretar en sus conciertos en España.
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